Hablar de violencia y el acoso en todas sus formas y manifestaciones, no es dialogar de cualquier cosa.
Se trata de acciones que se comenten de manera deliberada y que marcan para siempre la vida de las víctimas, desde sus decisiones, formas de relacionarse y desarrollo integral en general.
Distinguir una víctima, no es fácil ya que por lo regular las consecuencias más visibles se observan en la edad adulta con acciones que no todo el mundo es capaz de entender.
En República Dominicana, este fenómeno que para nada es natural, se está convirtiendo es una anomia que no será hasta generaciones futuras que se estarán observando los resultados reales de los daños que esto puede causar, no solo a la persona afectada directamente, sino también a la sociedad.
Según la primera Encuesta Nacional de Agresiones Sexuales contra las Mujeres, alrededor del 18.6 % de las mujeres en República Dominicana ha sido víctima de algún tipo de agresión sexual, incluyendo violación, intento de violación y tocamientos no consentidos.
En 2024:
Un total de 7,204 personas denunciaron haber sido víctimas de algún tipo de delito sexual, incluyendo agresión sexual, violación y acoso.
Desglose aproximado ese año:
2,109 agresiones sexuales
- 1,430 violaciones sexuales
- 839 casos de acoso sexual
(Además de otros tipos como seducción de menores e incesto).
En enero-junio de 2025, según datos de la Procuraduría General de la República (PGR):
Se registraron 3,329 denuncias por delitos sexuales en ese semestre.
- De ese total:
• 1,043 por agresión sexual
• 583 por violación sexual
• 438 por acoso sexual
• 965 por seducción de menores
• 257 por incesto
• 43 por exhibicionismo
Solo en esa mitad de año, cientos de casos de violación y acoso fueron oficialmente reportados, muchos dados a conocer en medios de comunicación.
Un reporte indica que aproximadamente 17.7 % de los casos registrados por delitos sexuales en 2025 correspondieron a violaciones, según consolidado de estadísticas anuales.
Es importante saber que una parte significativa de agresiones sexuales no se denuncia oficialmente. En estudios previos, se ha estimado que solo una fracción de las víctimas llega a poner una denuncia formal, lo que significa que las cifras oficiales no reflejan la totalidad del problema real.
Uno de los datos más preocupantes (basado en investigaciones de UNICEF y encuestas de salud) indica que hasta el 65 % de las adolescentes (15-17 años) en RD ha experimentado algún tipo de violencia sexual en su vida, lo que muestra una vulnerabilidad muy alta en ese grupo, lo cual sugiere que este grupo poblacional requiere de más cuidado y atención de parte de las familias, tutores, entorno, escuelas y sociedad en general.
Estas cifras que superan lo alarmante, tocan las fibras más profundas de los corazones sensibles, también salta a la vista la pregunta sobre las razones por las cuales son tan comunes en nuestro país estos hechos, sobre todo en el entorno familiar.
Atendiendo a esto, nos encontramos con la histórica normalización, donde se les otorga importancia a estos abusos, se guardan silencios, mientras las víctimas sufren:
En la cultura dominicana (como en muchas del Caribe y AL), por generaciones se han normalizado frases y prácticas como:
“Eso es cosa de familia”
- “No se habla de eso”
- “Mejor no buscar problemas”
- “El hombre es así”
Esto crea un pacto de silencio donde la violencia:
se minimiza
- se justifica
- se hereda
Cuando algo se normaliza, deja de verse como abuso.
En muchos hogares, los hombres tienen mayor poder económico, social o simbólico, las mujeres y niños dependen emocional y económicamente.
Esto genera asimetría de poder, que es el caldo de cultivo del abuso:
Quien tiene poder controla, quien depende calla.
El abuso no es deseo sexual ni impulso: es ejercicio de poder.
El hogar como espacio sin supervisión
Paradójicamente, el “hogar” es uno de los espacios más inseguros porque:
no hay testigos, no hay protocolos, no hay controles y se privilegia la imagen. familiar
La mayoría de los agresores son padres, padrastros, tíos, primos y abuelos, y se protegen bajo el discurso de la confianza.
Igualmente, persiste la crianza autoritaria y violencia como forma de control y se valida el castigo físico, el grito, la humillación y el miedo como método educativo, lo cual enseña desde la infancia que: el amor duele, el que ama controla y el que manda puede dañar
Así se reproduce el ciclo.
Muchas víctimas no hablan porque por lo general, no les creen, temen destruir la familia, dependen del agresor, sienten vergüenza o reciben amenazas.
Mientras que las autoridades no quedan fuera de este ciclo, ya que, en muchos casos, las víctimas son revictimizadas, expuestas, se duda de sus palabras o los procesos judiciales son tan largos, que las víctimas no dan seguimiento o abandonan el caso.
Cuando las denuncias no avanzan, las medidas de protección fallan, los agresores quedan impunes y con ello el mensaje generalizado es: el mensaje social es claro:
“Se puede abusar sin consecuencias reales”, lo cual perpetúa el problema.
Es importante que las victimas sepan que el silencio protege al agresor, no a la familia.
¿Qué acciones concretas pueden cambiar esta realidad?
No basta con indignarse. Se necesitan acciones en varios niveles:
En la familia (lo más urgente)
Debemos educar con límites corporales desde la infancia. Nadie te puede tocar sin tu consentimiento.
Siempre escuchar nuestros hijos sin juzgar y romper el mandato del silencio, no importa quien sea el agresor, debe asumir las consecuencias de sus actos.
La familia no se destruye cuando se habla; se destruye cuando se encubre.
En la crianza y educación
Eliminar el castigo físico como práctica cultural, educar emocionalmente: nombrar emociones, no reprimirlas, incluir educación sexual integral adaptada a la edad y enseñar consentimiento, respeto y autonomía corporal.
En las escuelas
Protocolos claros ante sospecha de abuso, formación docente para detectar señales, espacios seguros para denuncia, trabajo con familias, no solo con estudiantes
En el sistema judicial y el Estado
Procesos más rápidos y humanos, protección real a víctimas (no solo en papel, sanciones efectivas a agresores y seguimiento de casos
Sin consecuencias, no hay cambio.
En la sociedad y los medios
Dejar de justificar agresiones y llamar cada acto por su nombre., nombrar el abuso como abuso, romper estereotipos de género y visibilizar sin morbo, con responsabilidad
En lo personal (esto importa mucho)
Creer a las víctimas, no minimizar relatos, revisar creencias propias e intervenir cuando se detecta violencia.
El cambio cultural empieza en conversaciones incómodas.
El abuso persiste no porque falte amor familiar, sino porque falta conciencia, límites y responsabilidad colectiva.
Proteger la imagen de la familia nunca puede estar por encima de proteger la vida, el cuerpo y la mente de sus miembros.
Una verdad incómoda pero necesaria




