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Opinión | Por Orlando Beltré

2003 años después de que el presidente norteamericano James Monroe declarara su famosa Doctrina Monroe, bajo el actual mandato de Donald Trump ésta ha dejado de ser un principio retórico para convertirse en una nueva orden militar. Y ya sabemos que Trump no amenaza sino que ejecuta.

América Latina vuelve a ser tratada como lo que el imperio siempre creyó que era: un espacio subordinado, de gobiernos descartables y de recursos naturales saqueables. Y ese contexto, Venezuela no es más que el ensayo inicial.

Ante este escenario, el gobierno bolivariano ya no tiene margen para la ambigüedad. O toma decisiones estratégicas de ruptura o será administrado desde fuera. No más economía dependiente, no más élites burocráticas atrincheradas, no más pueblo reducido a espectador. La soberanía popular exige control real de los recursos, poder efectivo y una revolución que vuelva a incomodar, incluso a los suyos.

Las potencias que se dicen amigas también deben definirse porque la solidaridad declarativa es traición diplomática. El imperio avanza porque sabe que muchos prefieren negociar migajas antes que asumir un conflicto histórico.

La izquierda latinoamericana debe dejar de administrarse como una ONG ideológica. O se convierte en fuerza de ruptura continental o será irrelevante. En estos momentos se impone la coordinación real, la confrontación abierta con el capital transnacional y la ruptura con los gobiernos que, con bandera progresista, garantizan obediencia al imperialismo.

No hay emancipación posible desde la moderación.

Y no nos llamemos a engaños: el gobierno dominicano ha elegido bando. Su alineamiento servil con Trump es subordinación consciente. Es aceptar el papel de enclave dócil, de cómplice regional, de eco colonial. La historia no absolverá esa elección.
El tiempo del lenguaje diplomático terminó.

O América Latina rompe, o será rota.

O se rebela, o vuelve a ser propiedad.

No sería la primera vez. Hubo un momento en que Simón Bolívar se atrevió a imaginar lo imposible y lo convirtió en independencia. Hubo pueblos que, como el de Cuba y el de Nicaragua, desafiaron imperios, dictaduras y fatalismos históricos. Esas revoluciones no pertenecen al pasado: son la prueba de que aún se puede.

La pregunta no es si es posible. La pregunta es quién está dispuesto a intentarlo.