Hay una frase que forma parte de una famosa canción y que el dominicano ha acogido con cariño para incorporarla a su argot popular: “¿A dónde vamos a parar?”
Adaptada al regionalismo capitaleño, muchos la dicen como “¿A dónde vamos a parar? ”, y casi siempre se usa para referirse a una situación que genera preocupación o frustración, cuando sentimos que las cosas se están saliendo de control: en la vida personal, en la familia, en el país o en un hecho específico.
Es una expresión que funciona como desahogo:
Es como decir “esto no puede seguir así”, pero desde un lugar más profundo y cargado de sentimiento.
También expresa incredulidad ante lo que está pasando, cuando algo sorprende negativamente o se vuelve absurdo.
Y, al mismo tiempo, provoca reflexión sobre el rumbo, porque reconoce que lo que vemos hoy puede traer consecuencias peligrosas mañana.
Justamente eso es lo que la situación de los accidentes de tránsito en nuestro país debería provocar: una reflexión seria sobre la realidad actual y sobre lo que nos espera si seguimos así.
Como ciudadanos, hemos pasado de leer grandes titulares que colocan a República Dominicana en los primeros lugares de cifras mundiales sobre este mal inefable… a vivirlo en carne propia.
En menos de un mes, he vivido un choque en persona y he visto cómo más de dos conocidos sufren situaciones similares, en circunstancias distintas, pero con factores comunes.
Son hechos que deberían hacernos pensar si nuestra población está realmente preparada emocional, psicológica y físicamente para tomar un volante y conducir por las distintas vías. Porque muchos lo hacen como kamikazes, y otros, sencillamente, de forma temeraria.
Mi hija de 14 años lo mira con claridad: reflexiona sobre cómo las imprudencias se enaltecen casi como actos heroicos, mientras se siguen perdiendo vidas, otras quedan a la mitad, y muchos vivimos con el miedo de perder la nuestra o poner en riesgo lo que con tanto sudor nos ha costado.
¿A dónde vamos a parar ?…




