En días recientes, sentado en la sala de espera de un consultorio médico, al cual tenía la obligatoriedad de asistir por un periodo de tiempo determinado, el mismo me sirvió de parámetro para sentir cómo la gente ha cambiado la manera de interactuar y socializar con los demás, como se concentran en sus teléfonos inteligentes y cuán atención prestan a los denominados “influencers”.
El sonido de un buenos días, de manera esporádica, eran de las pocas acciones que hacían que las personas, en su mayoría, levantaran la mirada de su celular y se produjera alguna reacción, mientras otros, con sus auriculares, apenas se enteraban que habían más personas a su alrededor. Los demás, concentrados en escuchar sus audios y videos, el cual nos compartían de forma involuntaria y sin pedirnos permiso; nos hacían participes de conocer y escuchar sus historias, pues el volumen era bastante alto, conjuntamente con los llamados al silencio de manera constante de la recepcionista y el equipo de apoyo del lugar, pese a tener un letrero de no usar los teléfonos en altavoz.
Una de las presentes les pregunta a otra, ¿ qué es lo que usted tiene en sus piernas? me parece es disípela, a lo que la otra señora contestó, que no sabía y que por esa razón estaba acudiendo a su médico, en cambio aquella primera señora muy convencida en sí, le reafirma su diagnóstico y le agrega, “eso no lo curan los médicos, yo he visto varios videos que lo dicen, eso se cura frotándose las piernas en la mañana con gas kerosene y en la noche colocarse paño de agua tibia mezclado con sal devora” y para reconfirmar su aseveración, busca en su teléfono móvil y le comparte los videos que ella había visto y le da fe y testimonio de que conocía una amiga que se había curado con esa fusión.
Esta acción evidencia como muchos de estos denominados “influencers” inciden en las mentes de las personas y como las mismas sin regulación y control alguno, tiran por el suelo el trabajo de profesionales que se han consagrado a los estudios, a la investigación y a la ciencia; y que para ellos y ellas poder hacer una evaluación de un paciente o dar cualquier opinión al respecto le ha tomado años de preparación. En cambio un carajo o una caraja a la vela, de forma olímpica y sin ninguna responsabilidad emite en sus redes sociales un conjunto de afirmaciones sin ningún soporte ni base científica y lo comparte en procura de conseguir adeptos que incremente sus likes, view y le permitan monetizar apoyado en la ignorancia de sus seguidores.
Pero lo preocupante no es el fin pecuniario con los que estos mal llamados “influecers”, buscan hacer dinero a costa de aquellos y aquellas que han sustituido los criterios de los profesionales por el Dr. Facebook, la Licda. Instagram, el Ing. YouTube, el especialista TikTok y el técnico WhatsApp como herramientas de consultas y soluciones a sus problemas, lo preocupante es saber cuántas personas abandonan sus tratamientos de salud, dejen de asistir a sus consultas médicas y son sentenciados a muerte por dejarse influenciar de estas personas y por un Estado irresponsable que no toma medidas que controlen a estos charlatanes permitiéndole el juego con la salud de las personas.
Recientemente la Administración del Ciberespacio de China dio un paso adelante a esta problemática y ha empezado a tomar controles en lo relativo al contenido que se comparte por la Internet, regulando el papel de los denominados “influencers” y la divulgación de contenidos en sus redes sociales , pues está exigiendo que cualquier cuenta que publique contenido relacionado con ciencia, salud y otras áreas especializadas como el derecho, las finanzas o la educación se debe verificar la credencial médica o académica y estar afiliada a una institución reconocida.
Urge en nuestro país dar el salto a regular estos tipos de contenidos, sin que ello conlleve restringir la libertad de expresión y difusión del pensamiento, lo que no se puede es seguir dándole licencia a nadie para influir y aprovecharse de la falta de educación y la ignorancia de un segmento importante de la población, pues lo que está en juego, no es cuanto se dejara de monetizar, sino cuantas vidas se podrán salvar.




