Como buena y común dominicana fui educada bajo el criterio de ser blanca, pelo bueno, bonita y de estatura aceptable (no sé para cuáles fines) pues nunca me interesó ser modelo o algo parecido. Desde pequeña mi inclinación por las ciencias, el estudio, la escritura y la literatura, eran temas evidentes en mí.
Recuerdo en mis años mozos, en lugar de salir por ahí de paseo con mis amigas, me la pasaba horas y más horas a puertas cerradas en mi habitación leyendo libros de literatura universal. Mi favorito: la historia de María del escritor Jorge Isaac, la cual leía y volvía a repetir.
El idílico romance vivido por los protagonistas me transportaba a un mundo o una época a la cual no tuve la suerte de pertenecer. Donde el amor era tan profundo que los enamorados esperaban y esperaban y expresaban su amor de manera tan sutil y respetuosa que engrandecía a las personas.
Mi diccionario, era mi vida, era parte de mí, mi cómplice de tantas aventuras, sueños. El me llevaba a recorrer cada camino y espacio geográfico que no me imaginaba existían.
Cada palabra nueva que leía me transportaba y me hacían profundizar en su etiología y significación, acercándome con ello al mundo de los sinónimos y antónimos. Este amigo fiel me enseñó tantas cosas que nunca las he podido olvidar.
A pesar de que para mí sociedad era una niña linda, de pelo “bueno”, abundante, largo, mi concepción era otra. Para mí eso nunca fue una grandeza, más sí lo constituía lo que yo sabía, lo que había aprendido en mis años de estudio, lo que me enseñó mi mami desde que empecé a tener uso de razón. El amor por lo que trasciende, por lo que te hace crecer como ser humano.
Para ser aceptados y prosperar en la sociedad en que vivimos y para ser vistos como “normales” no solo es necesario responder ante un canon determinado, pertenecer a una categoría de familia, sino que el físico es muy importante.
La forma en que nos ven los demás o en que nos presentamos puede significar una puerta de entrada o una rotunda salida en una sociedad que de por sí no acepta su origen y que ve como malo lo que es natural, que nace desde nuestras venas hasta conformar la capa superficial que nos caracteriza.
Nuestra raza está conformada por múltiples culturas que no solo nos han heredado rasgos físicos, sino también nos han otorgado una incalculable herencia gastronómica (cosa que nos gusta bastante), culinaria, musical, artesanal, instrumentos musicales, obras rupestre y otras que sin lugar a dudas cada vez que hablamos de ellas, que las visitamos, que hacemos uso de ellas, el orgullo se nota en nuestros ojos.
Contrario sucede con nuestro aspecto físico.
Culturalmente, en nuestro país ser de descendencia “española”, tener algún familiar español o de raíces españolas, es un gran privilegio, tener el cabello lacio o “bueno” es un gran beneficio, es lo mejor, lo ideal, ser de color blanco es la plenitud de nuestra identidad cuando múltiples estudios han demostrado justamente lo contrario.
Hace pocos días se dio a conocer “Un estudio realizado por la Academia Dominicana de la Historia, el National Geographic Society y la Universidad de Pennsylvania, con la colaboración de la Universidad Iberoamericana (UNIBE) ha determinado, en base a una muestra de 1,000 pruebas de ADN, que la población dominicana posee un 39% de ADN de ancestros europeos, un 49% africano y un 4% precolombinos, es decir tainos lo que confirma la complicada ascendencia genética de los dominicanos e implica que el mulato predomina entre los dominicanos.” (http://acento.com.do/2016/actualidad/8362641-dominicano-promedio-49-adn-africano-39-europeo-4-precolombino/).
Es decir que de esta en su mayoría, dolorosa mezcla en base a esclavitud, trabajos forzados, violaciones y privación de derechos fundamentales, surgió la composición étnica de los dominicanos/as.
Debido al resultado de este y otros estudios que por décadas se han dedicado a explorar nuestros orígenes, tenemos como resultado que nuestra población es en su mayoría mulata, así como pueden leer, somos mulatos y no “indios, morenos, rubios, blancos” y otra cantidad de apodos que nos colocamos, todos con el fin de evadir o invalidar nuestra herencia.
Según la enciclopedia digital Metapedia, el significado de mulato es: “es el producto de la mezcla entre las razas negra y blanca. También se aplicaría a toda persona que tenga rasgos visibles blancos y negros”.
Es decir, que en buen dominicano, ser mulato no es solo llevar el negro detrás de las orejas. Esta raza se manifiesta en varias características físicas y de nuestra personalidad, tales como: un trasero pronunciado, labios gruesos, nariz ancha, y cabello crespo.
De los blancos o europeos, el color, “por supuesto”, pelo lacio y claro y otras características.
Pero también tenemos rasgos de nuestra cultura aborigen o indígena. Estos cuerpos frondosos, pelo y ojos color café, grandes y expresivos, cejas abundantes. Estas hermosas características al igual que de negros y europeos, no la elegimos, viene con nosotros/as, forma parte de nuestro ADN, no la podemos ocultar.
Esta es nuestra realidad, esto somos nosotros y debemos aprender aceptarnos tal y como somos, nunca olvidando que para que los demás nos acepten debemos primero ver como normal nuestro color, nuestro tipo de pelo, nuestras características físicas y no ocultarlas bajo las mantas de un salón de belleza, una cirugía estética, maquillaje y ropa cara.
En la medida que nos aceptemos y seamos felices como somos, en ese mismo tenor los demás lo harán y también amaran como son por dentro y por fuera, porque ya no se sentirán excluidos ni diferentes, sino como parte de una cultura compuesta por la diversidad en todas sus partes.
Mi hija tiene cinco (05) años, es mulata como yo, de ojos grandes y pronunciados, muy orgullosa de cada don que Dios le ha dado y eso es lo que pretendo fomentar en ella. Que se ame como es y que para ser feliz no tiene que dejar de ser ella, no tiene que cambiar nada de lo que tiene porque sencillamente es su naturaleza.





