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Opinión | Por Gisell Rubiera Vargas, M.A.

Con el miedo que en aquellos tiempos despertaban las leyendas urbanas y creencias de que ciertas cosas existían o eran posible, de origen humano o no.

Se despertaba cada mañana a las 5: 30 a.m. para alistarse y emprender su camino entre la niebla y oscuridad del amanecer.

Con más miedo que vergüenza, con toda su fuerza, abría el pestillo de la puerta que daba al patio, buscaba una cubeta de agua, la llevaba al baño y en ocasiones, dejaba la puerta entreabierta, se echaba un jarro de agua, media cabizbaja, sospechosa y en actitud de hipervigilancia, escaneaba el entorno, buscando señales de peligros.

Imaginando cualquier tipo de escenario, avanzaba para que no le tomara la hora. Salía rápidamente con la toalla no bien puesta, se vestía e iniciaba el camino que le llenaba de esperanza y por el que pensaba, valía la pena toda la ansiedad anticipatoria para “protegerse” del peligro.

Mientras avanzaba por el camino, en la misma medida avanzaba el día, y con él, la luz del alba se acomodaba en su lugar, hasta esperar su nuevo momento de acompañar almas solitarias que buscan destinos más allá de lo visible.

Encontrándose con uno u otro madrugador ya “conocido”, al final del camino, justo frente a la estación donde debía esperar el transporte, se apostaba una figura.

Conocido en la comunidad y con cierto rasgo de familiaridad, merodeaba sin propósito aparente por aquella zona.

Su presencia era repetida, deliberada, observadora, como quien espera lo que quedó de llegar, mientras buscaba la oportunidad exacta para acercarse a ella.

Con actitud insistente, mirada intimidatoria y verbalmente agresiva, se acercaba cada vez más, y le susurraba frases hostiles, invasivas y perturbadoras que la llenaban de miedo, tratando de mantener firmeza física y visual, mientras el entorno estaba prácticamente vacío. 

 ¡Ojalá te encuentres un hombre malo que te trate mal!, sentenciaba, mientras ella trataba de ignorar, alejarse y rezar…, rezar por que el transporte llegara rápido, montarse y poner en pausa la acción, que, al día siguiente, podría volver a repetirse.

Cada día, a la misma hora, aquel hombre, con características de envejeciente, asiduo de las bebidas alcohólicas, estaba a la misma hora y mismo lugar en espera de que llegara lo que no se le había perdido.

Por la gracia de Dios, la historia no fue otra.

Un buen día, ella sacó valentía y contó a sus familiares lo que acontecía, lo hostigada que se sentía y la necesidad de llamar a capítulo al susodicho.

Con la costumbre y no buenos hábitos de confiar en los menos adecuados, el acosador fue citado y con actitud de que todo fue con “buena intención”, con sonrisa fingida de que, “nada ha pasado” ella aprovechó para dejar claro y poner el límite instantáneo.

En lo adelante, la mirada del pelafustán no fue la misma, mientras ella analizaba, ¿Qué de buena intención puede haber en sus intenciones y como se normalizan este tipo de cosas incómodas, molestas que roban paz y tranquilidad a una mujer?

Y es precisamente ahí donde muchas veces comienza el problema: en aquello que se minimiza.

En la mirada que incomoda, pero que se interpreta como una simple mirada. En la presencia que se repite, pero que se justifica diciendo que “él siempre está ahí”. En el comentario que intimida, pero que se disfraza de una supuesta “buena intención”. En la conducta insistente que se tolera hasta que deja de ser incómoda y se convierte en peligrosa.

¿Cuántas veces hemos tratado con paños tibios comportamientos que debieron encender nuestras alarmas?

El acoso no comienza necesariamente con una agresión física. Muchas veces comienza mucho antes: con la mirada que incomoda, la presencia que se repite, el comentario que se deja pasar, el adulto al que nadie cuestiona y la niña o mujer a la que se le enseña que simplemente “no haga caso”.

Y mientras el acosador continúa con su vida, quien recibe el acoso comienza a modificar la suya por temor.

Aprende a mirar hacia atrás. A caminar más rápido. A cambiar de ruta. A no quedarse sola. A medir la ropa que usa. A calcular la hora en que sale. A avisar dónde está. A identificar quién está cerca. A interpretar miradas. A anticipar escenarios. A permanecer en hipervigilancia.

Y eso también deja huellas.

Porque cuando una niña crece aprendiendo que debe estar permanentemente alerta ante la posibilidad de ser observada, perseguida, intimidada o agredida, no solamente estamos hablando de un momento incómodo. Estamos hablando de experiencias que pueden interferir en la manera en que construye su seguridad, su confianza, su relación con su cuerpo, con los espacios que habita y con su propia libertad.

Lo más preocupante es que muchas de estas conductas se normalizan precisamente porque no ocurrió nada.

“Pero nunca le hizo nada”.

“Solo la miraba”.

“Solo le hablaba”.

“Quizás estaba bromeando”.

“Él es así”.

¿Y qué estamos esperando para tomarlo en serio?

¿Que ocurra algo?

¿Que una niña deje de sentirse segura?

¿Que una mujer sea atacada?

¿Que suceda una desgracia que entonces sí nos obligue a preguntarnos por qué nadie hizo nada antes?

La prevención también consiste en reconocer las señales que preceden a los hechos graves. Consiste en escuchar cuando una niña dice que alguien la incómoda. Consiste en no desacreditar su percepción. Consiste en entender que sentirse amenazada también es una experiencia que merece atención, en no obligarla a mantener vínculos que le incomodan, aunque todavía no exista una agresión que mostrar como prueba.

Porque hemos normalizado tanto el acoso que, en ocasiones, terminamos pidiéndoles a las mujeres que aprendan a convivir con él, en lugar de enseñar a la sociedad que debe detenerlo.

Y quizás esa sea una de las formas más silenciosas de violencia: convertir el miedo de ellas en una rutina.

Aquella chica aprendió a caminar con miedo, a escanear el entorno, a anticipar peligros y a rezar para que el transporte llegara rápido.

El hombre, en cambio, solamente tuvo que esperar.

Y esa diferencia debería hacernos pensar.

Porque la buena intención nunca debería necesitar que otra persona tenga miedo para existir.