Hace unos años atrás, no tanto, nos despertábamos cada mañana soñolientos a iniciar nuestras jornadas con el calor infernal de siempre, agudizado por los apagones eternos en las respectivas localidades, que, sumado al complot de los enjambres de mosquitos, pulverizaban nuestra paciencia.
Apenas poníamos un pie en las afueras de nuestros hogares, resonaban unos buenos días al compá de varias carcajadas de las venduteras matutinas de té y café, acompañadas siempre por las risas de las vendedoras de areperas que se burlaban siempre de nuestras desgracias, que eran las suyas también y que, se combinaban con las primeras discusiones matutinas con los limpiabotas y los vendedores de periódicos cuyos temas siempre eran sobre quien ganó el partido de béisbol o sobre la preferencias políticas partidarias, las cuales se extendían hasta el trayecto de los autobuses y carros públicos , donde el tema era continuado con el compañero o la compañera de asiento y entre anécdotas e historias terminábamos emparentados. Ya éramos “primos cuarto”.
Previo a iniciar las jornadas laborales las discusiones se extendían y se agregaban temas propios del trabajo como los bonos, los prestamistas, organizar encuentros, visitar a los compañeros enfermos o las compañeras que están de parto, hacer el “serrucho” o recolecta para los que están de cumpleaños o tienes una dificultad, murmurar sobre los que estaban en las listas para ser despidos, los que considerábamos lambones o chivatos, sumándose a estos los temas triviales de películas, series y novelas que eran temas obligados.
Con estas avalanchas conversaciones y socializaciones sentíamos que las cargas del día se hacían más livianas y las dificultades aminoraban, aunque perduraran las mismas carencias, pues estas historias de cercanía de conversar y de exteriorizar los problemas, se extendían a otras instancias como las filas en los bancos comerciales y en las oficinas públicas, donde siempre resonaba la palabra de alguien que decía, silencio por favor.
Al regresar a los hogares, las familias les daban varias miradas a las jornadas del día, se intercambiaban impresiones sobre la cotidianidad de cada quien, y se efectuaban reportes de los hijos e hijas, y porque no, se indagaba sobre la situación de los vecinos y las vecinas, vistos por todos en aquel entonces como nuestros parientes más cercanos. Era la época en que estábamos “limitados” de vías y medios de comunicación.
Con el paso del tiempo y la modernidad nos hiper conectamos. Tenemos acceso a las noticias en tiempo real, redes sociales donde podemos compartir, interactuar, subir historias, exponer nuestras ideas , captar nuestros momentos felices y compartirlo con el mundo. Las informaciones cada vez viajan mas rápido, no tenemos que esperar reporteros de medios para producir una noticia, ni esperar el correo para mandar una carta, ni buscar un teléfono público para llamar a la casa de un vecino para procurar noticias de nuestros parientes, ni anunciar las notas luctuosas por las emisoras locales para comunicar la noticia a los familiares de un infortunio.
Ya no es necesario el televisor en las salas de las casas para que todos en las familias vean los programas, pues todos tenemos accesos a nuestros dispositivos, ya no hay que conversar con los hijos e hijas , pues desde la distancia nos comunicamos les dejamos mensajes, notas de voz y con ellas las instrucciones del día, ya no es necesario tener que socializar ni saber de nuestros vecinos, pues en sus redes sabemos sus historias, pero tampoco en los autobuses hay que conversar, pues cada quién está pendiente de su propia distracción. No hay que ser solidario antes cualquier desgracias lo que hay es que estar atento para grabar la historia y subirla a las redes sin importar la desgracia ajena.
No hay que estar pendiente a los festivos , pues las redes no los avisan y con una respuesta prefabricada externamos el cariño y reafirmamos los afectos, aunque el que este de celebración este en nuestras casas, es más importante que los demás lo sepan , que darle un abrazo personalmente, pues ya no necesitamos los amigos y socializar con ellos, tenemos cientos y miles en nuestras redes. Lo que tenemos que hacer es que tomar buenas fotos para que el mundo exterior sepa de nuestras historias, aunque no conversemos con el que tenemos sentado en nuestra mesa.
Por eso la carga de hoy es más pesada, todos estamos en nuestros dispositivos móviles y no nos alcanza para decir buenos días, en los autobuses hay mutismo y en las filas ya no se conversa, todos reímos en soledad a través de la distancia, todos nos hemos quedado en nuestro entorno digital repasando las redes que nos tiene expuesto y nos exhibe en el barcón del mundo, sabemos mas del exterior que del interior de nuestros hogares, estamos hiper comunicado en una sociedad que esta vacía y en silencio.
Una sociedad del algoritmo que nos ha convertido en una fábrica likes y en un almacén de views que comercializa nuestro dolor y se enriquece de la desgracia ajena, monetiza nuestra distancia y empobrece nuestra solidaridad. Nos vende que la vergüenza, el pudor y la dignidad ya es cosa del olvido.
Es la sociedad de hoy. Una aldea global de millones y millones de personas cada vez más distanciadas y desconectada de sí misma. Cada vez más individual, donde en cada suspiro solo se escucha el rostro del silencio. La desconexión y la apatía.





