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Opinión | Por Gisell Rubiera Vargas, M.A.

Recién acabamos de celebrar una fiesta patria que como dominicanos nos llena de mucho orgullo.

Vemos en las calles ciudadanos exhibiendo banderas en las manos, en sus vehículos, colgadas en vayas de las casas, puertas y en todas partes.

Ese simbolismo con el cual deseamos honrar aquellos héroes que dieron su vida para legarnos nuestra propia tierra, nuestro rinconcito y espacio del cual nadie nos puede sacar.

Este pasado 27 de febrero cuando se cumplió el 182 aniversario de nuestra soberanía e independencia nacional, nos engrandece y a bocas llenas nos permite llamarnos “dominicanos”.

Para que esta celebración sea posible, se requirió de mucho valor, esfuerzo, entrega, criterio, propósito, creencia y convicción de un proyecto de nación en común y sobre todo, compromiso con ello.

Los patriotas no actuaron solos, se unieron, definieron objetivos y pelearon por ello.

Ninguno de ellos era previamente político ni algo semejante. Fueron ciudadanos comunes con el desarrollo de una consciencia social y conocimiento, que les permitió el estudio e involucramiento con la realidad que vivía el país.

Esto permite discernir que, las soluciones no siempre provienen de la política o los gobiernos de turno, sino que estas emanan directamente de los ciudadanos que les importa el bienestar de su país, superior al bienestar personal.

Ser una nación desarrollada no es una característica que se reduce a números o avances tecnológicos, sino que está estrechamente relacionada al desarrollo humano.

Somos nosotros los ciudadanos y nuestras conductas, que damos sentido a la existencia de las sociedades.

Es por ello que, ascender a este tipo de sociedad (desarrollada) no es solo más oportunidades y recursos, requiere de nosotros mismos.

Llama a introspección y análisis que aún con la prevalencia de las tecnologías, un ciudadano vaya en horas de la noche una estación de combustible, aprovechando el poco tráfico y la ausencia de autoridad policial, se supla del insumo y decida huir sin pagar.

No podemos aspirar grandes cosas, mientras como sociedad estemos lidiando con el oportunismo, el “tigueraje” de transgredir las leyes, normalizarlo y hasta engrandecernos mentalmente, firmes en la idea de que esas acciones  son una buena cualidad.

En 1844 obtuvimos una libertad, pero seguimos presos de otras.

Pues como dice el psicólogo Walter Riso: “Ninguna relación humana es 100% desinteresada”, en el fondo cuando los seres humanos se vinculan o asocian, algo obtiene.