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Opinión | Por Gisell Rubiera Vargas, M.A.

Alguien dijo una vez una frase que estremece por su verdad: “Los niños pueden perdonar a sus padres pasar necesidades económicas, incluso el hambre, pero nunca olvidan la falta de afecto.”

Y es cierto.

Un niño puede adaptarse a la escasez material, pero no a la escasez emocional. La carencia de abrazos, de mirada, de presencia y de validación deja una huella profunda que no siempre se ve, pero que se manifiesta con el tiempo.

El niño que crece sin sentirse querido, abrazado y comprendido, pasa su vida buscando afuera lo que no recibió dentro. Busca validación, reconocimiento y afecto en personas, conductas o espacios que, muchas veces, no son sanos. Intenta llenar un vacío que se formó cuando sus necesidades emocionales básicas no fueron atendidas.

Cuando ese amor falta, las consecuencias no desaparecen con los años. Muchos de esos niños, ya en la adolescencia o adultez, tienden a ser más conflictivos, a vivir en constante lucha interna y externa, y a presentar mayores riesgos de padecer problemas de salud mental como la depresión, la ansiedad o un profundo sentimiento de vacío existencial. Es un vacío que nada logra llenar por completo, porque su origen no está en lo material ni en lo externo, sino en una herida emocional temprana.

Un niño que fue invalidado de manera frecuente —que no fue escuchado, visto ni acompañado— que creció bajo críticas, comparaciones y exigencias desmedidas, aprende a desconectarse de sí mismo. En su vida futura hará lo que sea necesario para obtener aquello que le faltó: atención, aprobación, amor. Y en muchos casos, ese camino no será amable con su propia vida ni con la de quienes lo rodean.

Hoy vivimos una realidad alarmante por el aumento de la violencia que involucra a niños, adolescentes y jóvenes. Señalamos, juzgamos y etiquetamos conductas, pero pocas veces nos detenemos a mirar con profundidad los factores emocionales, psicológicos y sociales que las originan.

Sin embargo, todo comportamiento tiene una causa raíz. Nada surge de la nada.

 La psicología y las ciencias del desarrollo humano han demostrado que cada niño nace como un libro en blanco. No nace violento, indiferente ni roto. Somos los adultos quienes, consciente o inconscientemente, vamos escribiendo las primeras páginas de su historia emocional.

Mientras tanto, muchos adultos estamos enfocados en alcanzar el llamado “éxito”: metas, estatus, productividad y reconocimiento. Y sin darnos cuenta, nuestros hijos crecen recibiendo atención fragmentada: celulares, pantallas, redes sociales, objetos materiales, o cuidados delegados en personas que no siempre comparten nuestros valores ni nuestra forma de amar.

Ellos, en silencio, hacen lo imposible por tener nuestra atención.

Preocuparnos por nuestros hijos no significa criticarlos, juzgarlos ni presionarlos. No es asignarles responsabilidades emocionales de adultos “para que se hagan fuertes” o “aprendan a la mala”. Eso no forma carácter; formas heridas.

Nuestros hijos necesitan hoy más que nunca adultos presentes que aporten presencia real, atención consciente, límites, sí, pero con pausa, con calma, paz.

Criar y educar en amor es más que intenciones expresadas o aparentadas, no es cargar al niño con culpas y responsabilidades emocionales de adultos.

Porque un niño amado, escuchado y acompañado no necesita salir a buscar afuera lo que ya recibió dentro. Y una sociedad que cuida la infancia, sana su futuro.

Sin dudas, criar en amor es un reto porque demanda adultos sanos y dispuestos  convertirse en su mejor versión, sin victimizarse y sumiendo la necesidad de cambio con amor.

Fuente de la foto https://es.dreamstime.com/familia-feliz-con-ni%C3%B1os-ilustraci%C3%B3n-padres-e-hijos-juntos-caricatura-encantadora-de-una-y-dos-compartiendo-regalos-en-un-image380078999