España es campeona del mundo. El gol que le dio la segunda estrella a la Furia Roja resume por sí solo el espíritu de este torneo.
La jugada nació en los pies de Lamine Yamal, hijo de una familia de origen marroquí y ecuatoguineano, nacido en la periferia de Barcelona; continuó con el toque decisivo de Nico Williams, hijo de inmigrantes ghaneses que atravesaron media África antes de llegar al País Vasco; y terminó en las botas de Ferran Torres, concretando el 1-0 de la victoria.
Que el gol del campeonato haya sido construido por dos hijos de la migración no es un detalle menor: es, de algún modo, la fotografía perfecta de este Mundial y una respuesta contundente al racismo que todavía permea nuestras sociedades.
Volver a ver a Haití en una Copa del Mundo, 52 años después de Alemania 1974, fue un regalo para el pueblo haitiano y una de las historias más hermosas de la clasificación. Como otras selecciones, la haitiana estuvo conformada casi enteramente por jugadores nacidos fuera de su territorio y formados en Europa y otras partes del mundo. Con emoción y orgullo, escogieron representar a Haití, respaldados por una diáspora que llegó desde Canadá, Francia, distintos estados de la Unión Americana y muchos otros lugares.
Ver la enorme bandera haitiana desplegada ante el mundo y escuchar el himno nacional cantado a todo pulmón en las gradas fue una profunda bocanada de oxígeno para un pueblo que, por su pasión por este deporte, necesitaba sentirse parte de este gran acontecimiento global. El grupo que le correspondió a la selección fue implacable —Escocia, Brasil y Marruecos no perdonaron—, pero, dadas las circunstancias, el papel de Les Grenadiers fue digno.
Pero el fútbol nunca es solamente fútbol. La decisión de la FIFA de exigir un cambio en el diseño de la camiseta haitiana, que hacía referencia a la Batalla de Vertières, generó una controversia que, paradójicamente, llevó a grandes medios internacionales a explicar al mundo el significado de aquella gesta: la última gran batalla contra las tropas napoleónicas antes de la proclamación, en 1804, de la independencia de Haití, acontecimiento que devolvió la dignidad y la libertad al ser humano negro esclavizado.
Contrario a lo que sucedió con Haití, tras eliminar a Inglaterra en semifinales, jugadores argentinos desplegaron una pancarta reivindicando la soberanía sobre las islas Malvinas. Un mensaje político actual que no molestó a la FIFA. Por su parte, el presidente de Estados Unidos llamó personalmente al presidente de la FIFA para solicitar la anulación de la tarjeta roja impuesta al delantero Folarin Balogun, hijo de inmigrantes nigerianos, nacido en Brooklyn, criado en Londres y convertido en figura estelar de la selección estadounidense.
Desde Paraguay, una senadora cuestionó la nacionalidad de jugadores franceses por su origen y el color de su piel. En España, un expresidente del Gobierno reprodujo el mismo discurso al insinuar que Francia jugaba "sin franceses". ¿Qué diría de los atacantes ya mencionados de su propia selección tras su coronación? El racismo, bajo distintas formas, también se hizo sentir entre los aficionados.
De este Mundial me quedo, sobre todo, con algunas imágenes: haitianos celebrando con caboverdianos el buen desempeño de su selección, en una conexión tan genuina que, al regresar a su país, los caboverdianos adoptaron como himno festivo el popular tema "Leo, Leo" del rapero haitiano Afriken. Me quedo también con haitianos y brasileños abrazados después del encuentro entre sus selecciones, compartiendo la alegría más allá del resultado.
Pero lo que más extrañé fue precisamente la imagen que no tuvimos: haitianos y dominicanos compartiendo un mismo escenario mundial y demostrando ante el planeta que la mayoría de ambos pueblos desea convivir en paz en la isla que la historia nos ha destinado compartir.
No ocurrió esta vez, aunque la fiebre mundialista contagió a muchísimas más personas en territorio dominicano que en ediciones anteriores. Y no es casualidad: la República Dominicana también tiene una diáspora futbolera que celebrar. Rubén Vargas, con Suiza, tuvo una participación destacada y llenó de orgullo a miles de dominicanos.
Que Haití y República Dominicana coincidan algún día en la fase final de un Mundial dependerá, en parte, de la distribución de los grupos durante las eliminatorias de la Concacaf. Pero el terreno humano —el de la convivencia cotidiana entre nuestros pueblos— ya está sembrado. Esta cercanía tampoco es nueva: la selección dominicana ha contado con jugadores de origen haitiano y actualmente hay entrenadores haitianos trabajando en la Liga Dominicana.
Esa es, precisamente, la enseñanza que me deja la final España-Argentina. El entrenador de Argentina vive en España y tiene familia española. El entrenador de España fue su instructor en un curso de entrenadores, años atrás. Integrantes de ambas selecciones son, en algunos casos, compañeros de club en Europa. Pero lo más llamativo fue que, diecinueve años después de aquella fotografía promovida por UNICEF, en la que Messi aparece junto a un Lamine Yamal de apenas unos meses, ambos se encontraron como protagonistas sobre el césped de una final mundialista. Si una imagen que parecía casual pudo adquirir, casi dos décadas después, un significado tan extraordinario, no es descabellado soñar que en 2030, cuando el Mundial regrese, entre otras sedes, a Sudamérica, podamos construir la fotografía que todavía nos falta: haitianos y dominicanos juntos, alentando a sus selecciones y demostrando al mundo que la paz entre nuestros dos pueblos no es una utopía, sino una decisión que debemos tomar.





