Contáctenos Quiénes somos
Opinión | Por Gisell Rubiera Vargas, M.A.

 En los últimos años se ha vuelto cada vez más frecuente en la República Dominicana presenciar episodios de agresividad entre conductores y motoristas en las vías públicas. Lo preocupante no es únicamente la imprudencia vial, sino la forma en que muchas de estas reacciones incluyen actos directos de intimidación, daño a la propiedad privada y Riesgo para la vida misma.

Cientos de ciudadanos dan cuenta en como, actos tan sencillos y en cumplimiento con las leyes de circulación vial, como esperar que un semáforo cambie para cruzar una calle, y que en el interludio, cambie, de inmediato un motorista entienda se debe avanzar a su ritmo, con furia pase al lado del vehículo que le estorba y lo golpeó deliberadamente. Más allá del daño físico, lo que impacta es el mensaje detrás de la acción: una mezcla de agresividad, imposición y desprecio por los límites ajenos.

Este tipo de conductas ya no parecen hechos aislados. Se están convirtiendo en parte de una violencia cotidiana que muchos ciudadanos enfrentamos con creciente temor y tension al circular por las vías públicas. La calle se ha transformado, para muchas personas, en un espacio donde cualquier diferencia mínima puede desencadenar insultos, amenazas o daños materiales.

El problema va más allá del tránsito. Refleja un deterioro preocupante en la convivencia social. Cuando alguien golpea un vehículo por frustración o enojo, no se trata solo de impaciencia. Existe una intención de intimidar, de descargar rabia sobre otro y, muchas veces, de actuar bajo la percepción de que no habrá consecuencias.

También es importante reconocer que vivimos en una sociedad sometida a altos niveles de estrés económico, presión emocional y frustración acumulada. En ese contexto, algunas personas convierten los espacios públicos en escenarios de descarga emocional. El vehículo privado puede terminar representando, para ciertos individuos, un símbolo hacia el cual dirigir resentimiento o agresividad.

Sin embargo, comprender el origen social de estas conductas no significa justificarlas. Normalizar la violencia, aunque parezca “pequeña”, tiene consecuencias profundas. Cuando la agresión verbal y física se vuelve parte habitual de la interacción diaria, la sociedad comienza a deteriorar sus propios límites de respeto.

Otro aspecto preocupante es la sensación de impunidad. Muchas personas sienten que dañar un vehículo, amenazar o agredir en plena vía pública difícilmente generará consecuencias reales. Y cuando la falta de consecuencias se vuelve costumbre, la violencia aumenta.

El impacto no es solo material. Cada vez más ciudadanos manejan con ansiedad, hipervigilancia y miedo a reaccionar ante situaciones conflictivas. La convivencia se debilita cuando las personas sienten que deben protegerse constantemente de otros ciudadanos.

Una sociedad empieza a perder estabilidad cuando el respeto por la propiedad ajena, las normas básicas de convivencia y el autocontrol dejan de verse como valores indispensables. El problema no es únicamente el tránsito caótico. El problema es la normalización de la agresión como forma de interacción social.

 ¿Hasta dónde está permitido que sea invadido nuestro espacio y nuestras propiedades vulneradas?

¿Hasta cuándo circular por las vías públicas dejará de constituirse en miedo y terror a ser agredido/a?

 ¿Será que estamos retrocediendo en cuestión de derechos?