Lastimosamente, en la cultura de nuestro país es muy conocido el dicho: “el dominicano pone candado después que le roban”.
Lamentables y dolorosas las consecuencias de querer tomar acciones cuando las pérdidas trascienden lo material y compromete la vida humana.
La objetividad, trazabilidad y estructuras en los procesos, es una gran debilidad que poseemos los dominicanos. Nos resistimos a cumplirlas, hacer las cosas como se deben de hacer y no mezclar nuestras creencias y deseos personales con la integridad y conciencia que ameritan las posiciones de servicio.
Asumir como una decisión personal cuando una situación merece mayor prioridad o no, es un argumento normalizado que lava las manos y va dejando detrás una larga secuela que roba las esperanzas y arrebata derechos.
Tantas cosas que nos gusta copiar de culturas extranjeras, ojalá en determinado momento usemos a nuestro favor la estructura y estandarización con que se manejan algunos países, cuando del servicio público se trata.
Hay cosas muy reales, como el hecho de que las responsabilidades hay que asumirlas, indistintamente de nuestro estado de ánimo o creencias.
Mientras tanto, el desdén, el “eso no es nada”, “eso no es para tanto” y otras tantas frases más que forman parte del léxico y acervo cultural dominicano, son tan “normales” e intrínsecas que no nos conduce reevaluarnos, aunque las pérdidas no siempre se limitan a lo material, sino a vidas humanas.





