Desde una perspectiva antropológica, la salve dominicana representa uno de los procesos de transculturación más fascinantes de nuestro Caribe Insular.
Esta reflexión constituye el segundo artículo que dedico al evento anual Viviendo lo Nuestro 2026, un espacio de vital importancia para la salvaguarda de la identidad dominicana, organizado con rigor y compromiso por FUNTEPOD e INDARTE. Si en la entrega anterior nos detuvimos en la sonoridad de la canoíta bajo la magistral mirada de Annette Dalmasi, explorando la decolonización de la danza como un acto de recuperación corporal, en esta ocasión el foco se desplaza hacia la salve y la figura cimera de Victoriana Jorge Moreno, mejor conocida como Corina.
Abordar la salve desde la vida de Corina no es solo un ejercicio de documentación etnográfica, sino un acto de justicia epistémica que reconoce en la mujer negra y campesina como la verdadera arquitecta de la resistencia cultural. Este análisis se posiciona desde los feminismos decoloniales para entender cómo la espiritualidad popular y el liderazgo femenino subvierten las estructuras de poder coloniales que aún intentan marginar nuestras raíces afrodescendientes.
La salve, del dogma colonial a la apropiación afrodominicana
Desde una perspectiva antropológica, la salve dominicana representa uno de los procesos de transculturación más fascinantes de nuestro Caribe Insular. Aunque su origen nominal remite a la "Salve Regina" de la liturgia católica europea, su evolución en suelo dominicano constituye una fractura con el canon colonial para dar paso a una criollización profundamente africana.
Según Davis (1981), la salve se transforma al desplazarse del templo al espacio comunitario, donde la incorporación de instrumentos de percusión como el pandero, el balsié y la polirritmia responsorial la dotan de una dimensión espiritual que trasciende el dogma. Esta apropiación no es un proceso pasivo, sino una forma de resistencia donde los sectores subalternos "ennegrecieron" el rezo para convertirlo en un sistema cultural complejo. En este contexto, la salve deja de ser un canto de sumisión mariana para transformarse en un dispositivo de cohesión social y afirmación identitaria que sobrevive a los intentos históricos de blanqueamiento cultural en la República Dominicana.
La trayectoria de Victorina Jorge Moreno (Corina) es testimonio vivo de lo que el feminismo decolonial describe como la preservación de linajes de conocimiento matrilineal. Nacida en el Prado, Hato Abajo de Monte Plata el 6 de marzo del año 1956 y vinculada desde los siete años a los rezos, altares, tambores, velaciones, toques de panderos y el canto de la salve, saberes ancestrales aprendidos de su madre Andrea Abad y su abuela Guadalupe González. Madres de diez hijos y quince nietos, querida por sobrinos, amigos, compadres y compañeras de lucha y camino campesino.
Corina encarna la figura de la "mujer portadora tradición negra", quien no solo canta, sino que gestiona la estructura social y espiritual de su comunidad. Para autoras como la argentina Lugones (2008), este tipo de liderazgo desafía la jerarquía de género colonial-moderna, pues sitúa a la mujer negra no en la periferia, sino en el centro de la creación de sentido y autoridad comunitaria.
Su vida sintetiza la herencia ritual afrodominicana con un liderazgo social que se manifiesta en la organización de velaciones, con un compromiso desde adolescente de celebrar una velación el segundo domingo de marzo a la Virgen de los Dolores y la enseñanza a nuevas generaciones, asegurando que la salve no sea un fósil folklórico como se ha querido ensenar y desde la mirada que algunos investigadores la han estudiado, sino una práctica pedagógica y política viva que emana de la domesticidad sagrada y se proyecta hacia lo público.
Cuando le preguntamos a Corina, que significa para ella la salve, nos manifiesta con mucha fuerza y de inmediato, es mi escudo, mi identidad. Las creo, me llegan las ideas de componerlas hasta cocinando, montada en una guagua, hasta acostada y luego se las enseño al grupo y la montamos, conmigo todo fluye, yo le canto a todo, a los santos, al amor, a las mujeres, a la lucha social, a los campesinos. He compuesto muchas nos dice, algunas muy famosas como, “Los motoristas”, que popularizo Kinito Méndez; otras como, “Debajo de la mata de mango”; “Aguacero agua”; “Virgen de los dolores aee”; “El palito”, esa la compuse cuando libramos la lucha con la cementera en Monte Plata, refiere Corina.
“La pámpara” no la puedo dejar de cantar en ningún lado, me la piden la gente, la tengo que cantar hasta dos veces en los lugares y lo hago. Es que el dominicano tiene que tener la pámpara prendía para luchar, sobre todo las mujeres, manifiesta Corina en nuestra larga conversación que finaliza cantando precisamente la pámpara y la transcribimos para los lectores de Kalunga.
Aquí estamos las mujeres con la pámpara prendía,
a eso fue que vinimos, con la pámpara prendía.
Coro:
¡Con la pámpara prendida!
Estamos frente al palacio con la pámpara prendida,
luchamos las tres causales con la pámpara prendida.
Coro (repetición rítmica):
con la pámpara prendía…
con la pámpara prendía…
con la pámpara prendía…





