
Hay sucesos que parece que ni el factor tiempo es capaz de amortiguar el aguijón del dolor y la desesperación que nos produce su materialización.
Uno de estos, es el cruel asesinato de mi hermano más pequeño, mi Orlandito, como dice nuestra madre en su lamento recordándolo cada día, y anhelando despertar del sueño tan terrible en que cree encontrarse recluída en su habitación de donde dice no podrá salir nunca más desde el día en que fue inhumado nuestro hermano Orlando.
Era el más pequeño, el más tímido, el más humilde, el que con una sonrisa, sin palabrasl quería expresar con su mirada, la inmensa bondad que albergaba su puro corazón, para luchar por el bienestar y la felicidad, hasta donde tuere posible, de los humildes y necesitados.
Y el día de la muerte de Orlando... la tierra tembló, porque Dios manifiesta su ira y su omnipotencia por medio de la naturaleza... y el día de la última misa en sufragio del alma de Orlando... el cielo lucía transparente y radiante, pero, terminada la última oración del
“Idos en paz”... el cielo se rasgó y la lluvia tan escasa en esos días, vertió el hermoso líquido sobre la tierra hasta dejarla empapada y saturada... y el día que se dispuso volver a extraerlo del seno de la tierra para realizar en él una especie de autopsia, el cielo se rasgó de nuevo, y nuestro Orlando hizo sentir su presencia enviando el Señor de nuevo la lluvia tan esperada... y ahora qué otra conciencia vendrá con su muerte oh, querido Orlando?... porque para nosotros tus familiares, ya la vida ha perdido su color y lo bueno que puede encontrarse en ella; Sólo nos ilusiona la religiosa idea de juntarnos contigo en la otra vida.
Descansa en paz, querido hermano...
Fuente: Microscopio tomo III pág. 394





