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 Corrían los años treinta de nuestra era, en una Palestina caracterizada por la ocupación romana, por prácticas políticas y religiosas acomodadas y distanciadas de la justicia como elemento necesario de cohesión social y adoración del “innombrable”, del Dios de la liberación, ese que escucha los clamores de su pueblo.

 Sí, en el silencio del sábado, ya no como descanso, sino como grito mudo de los dolores surgidos de la cruz, o quizás de las tantas cruces que cargamos. Cruces violentas, de marginación, de descarte; cruces manchadas de sangre, cruces con cuerpos, nombres y rostros de tantos hombres y mujeres desaparecidos. Tantos hombres y mujeres cuyas vidas ha sido cortada para dar paso a los intereses mezquinos del mal.

 Ante la cruz, en este silencio que cargamos todos, apareces tú. Nos encuentras en el camino. Come con nosotros nuestro poco pan, compartes nuestro poco vino y nos impulsas a mirar la historia, esa que nos es cercana con todo lo que ella implica. Sí, nos provocas a asumir la historia, no de una manera desolada o acabada, sino desde una esperanza nueva en la que se recrea la vida. Una esperanza encarnada en el bien.

 La subversiva memoria de Jesús de Nazareth, el galileo aquel, no es una memoria muerta, sino la memoria que habita el corazón con una fuerza renacida de la generosidad misma del Dios que es Vida. Por eso es resurrección, liberación de todos los males; alegría plena que se hace y vive en comunidad, fuerza misteriosa que nos anima y nos lleva a confrontar nuestros miedos, a la vez que damos paso y tomamos parte en la articulación del reinado de Dios.

 En el silencio del sábado, la ternura de una madre que no se resigna a la muerte, nos mueve a ir más allá de nuestras propias miserias y barbaries, tanto las personales como las colectivas. En medio de este silencio ruidoso, cargado de dolor, violencia e injusticia, es preciso abrirse al misterio del galileo aquel. Que sea su fuerza liberadora la que acompañe y anime nuestro caminar, haciendo que la vida sea posible y sembrando de gozos, esperanza y justicia este nuestro mundo roto.

 Vamos, abracemos sin tapujos la resurrección y su fuerza transformadora.

 ¡Felices Pascuas!

https://amerindiaenlared.org/contenido/28240/el-galileo-aquel-/