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| Reflexión del padre Pedro desde Zambia sobre el terremoto en Haití “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Pedro Ruquoy Padre Pedro Ruquoy, CICM/ESPACINSULAR La noche del 12 de enero fue marcada por una terrible pesadilla: por primera vez desde que había salido de la República Dominicana, soñé con nuestra querida Isla. En el sueño, me encontré con varios amigos que, al verme estallaban en lágrimas. A la medianoche, hora de Zambia, es decir a las 5 de la tarde, hora de Haití, me desperté atormentado. En la mañana del 13 de enero, mientras me encontraba de camino hacia la ciudad de Lusaka, recibí una llamada de un amigo dominicano que me anunciaba el terrible terremoto que tuvo lugar en Haití precisamente a la hora de mi pesadilla. Durante los tres días que siguieron esta llamada, no me cansé de marcar los números de teléfono de mi gente querida en Puerto Príncipe. Como los centenares de miles de haitianos y haitianas que viven fuera de la Isla, mi mente recorrió las calles de la capital haitiana, buscando desesperadamente a los niños y amigos que habían vivido conmigo en el Batey 5. A cada rato me imaginaba lo peor y pedía a Dios darme una pequeña señal de vida. Durante la misa del sábado 16 de enero, en el momento del ofertorio, mi teléfono timbró: era Decide Lovanice, uno de los 30 muchachos que compartían conmigo el moro de cada día en el Batey: “¡Todos estamos vivos!”. Di gracias a Dios por esta llamada pero la imagen del terremoto no se borró de mi mente. Algunos días después, el mismo Decide Lovanice me envió el mensaje siguiente: “Aguantamos. Con la ayuda del Señor, estamos vivos… Aquí dormimos al aire libre… Las paredes de nuestras casas se han derrumbado. Padre. ¡Es doloroso!... Siga ayudándonos a rezar… ¡VIVA LA VIDA!” Para decir la verdad, al leer este mensaje, estallé en lágrimas y pasé toda la noche meditando.
“¡Muéstranos cómo rezar!” Esto mismo habían pedido los discípulos a Jesús. Pero ¿Quién era yo para guiar en la oración a los sobrevivientes de esa terrible catástrofe? El único quien puede enseñarnos a rezar es Jesús, el Maestro. Entonces, moví a mi pequeño ejército de hermanas contemplativas en Bélgica. Les pedí rezar intensamente para que los amigos y las amigas de Haití puedan descubrir la cara bondadosa de Dios en medio de las ruinas y de la desolación. Y yo mismo, pasé horas y horas delante de una Cruz haitiana que había traído conmigo desde el Batey. Al lado del crucificado negro, instalé una fotografía del crucifijo de la catedral de Puerto Príncipe. ¡Oh! ¡Cuántas veces tuve la impresión que esta Cruz encontrada en el mercado de hierro de la capital haitiana me hablaba! ¡Cuántas veces tuve el sentimiento de que el Crucificado mismo me secaba las lágrimas! Como la gran mayoría de la gente en Haití y en otras partes del mundo, trataba de encontrar un sentido a esta tragedia sin sentido. ¿Por qué Dios, tan bueno, había permitido la muerte de tantos inocentes y la destrucción de varias ciudades? ¿Por qué… por qué? Lo único que me ocurría fue contemplar intensamente la Cruz y pensar en las últimas palabras del Crucificado. Curiosamente, la última palabra de Jesús en la Cruz no es la misma en los cuatro Evangelios. Esta anomalía nos enseña que los evangelistas se complementan y juntos nos dan una visión más o menos completa del gran misterio de la Cruz. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27, 46 y Marcos 15, 34) Jesús, víctima inocente está al bordo de la desesperación total. Ha sido traicionado por alguien que comía con él del mismo plato, ha sido negado por uno de sus compañeros más íntimos y ha sido abandonado por sus amigos. Ahora, con terror, tiene la impresión que el mismo Dios lo ha dejado sólo. Más aun, está convencido de que Dios es responsable de esos sufrimientos sin sentido. ¿Dónde está Dios? Jesús, profundamente humano, hundido en los más atroces sufrimientos, no se da cuenta que su Padre está sufriendo con él en el madero. El Padre y el Hijo están unidos en la Cruz…. ¡Íntimamente unidos en el mismo dolor! Por esto, la Vida será la respuesta al grito de desesperación del Hijo. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” es el grito de miles y miles de haitianos y haitianas después del terremoto.
Muchos piensan que la tragedia es una señal del abandono de Dios o peor aun un castigo de ese mismo Dios por algunos pecados graves. ¿Dónde está Dios? El también ha sido víctima del terremoto. Ha sido sepultado bajo las ruinas de las casas, ha perdido sus seres queridos, está deambulando entre los escombros en busca de vida, ha sido amputado de un brazo o una pierna, está viviendo en la intemperie, tiene los ojos angustiados de los miles de huerfanitos, tiene la barriga vacía de tantos hombres y mujeres que esperan un puñito de arroz, tiene el corazón herido de tantas personas que todavía se preguntan el por qué de esa catástrofe. ¡Allí está Dios! Como estaba en la Cruz, junto con su Hijo torturado, está ahora mismo, íntimamente unido con todas las víctimas del terremoto. Pega a su piel, vive en su corazón herido, brilla en sus ojos marcados por la tristeza. Y porque está allí, la Vida triunfará. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23, 46) En el Evangelio de Lucas, Jesús es el gran caminante que se encuentra siempre en movimiento. En el inicio de su pasión, se transforma en un atleta o un luchador que pelea con todo su ser contra el mal. En esta lucha acérrima, Jesús cuenta con la fuerza de su Padre. Desde el inicio de su misión hasta el final, él está íntimamente unido a su Padre en quien tiene una confianza absoluta. Su última palabra en la Cruz es un grito de confianza. En la Cruz, Jesús está consciente de haber seguido siempre la voluntad de su Padre y que, a pesar de las apariencias contrarias, éste le dará la Victoria y la Vida. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”: estas palabras han sido muy presentes en el pueblo haitiano a través de su larga historia de resistencia y de lucha. En medio de la esclavitud, en medio de las invasiones por potencias extranjeras, en medio de las peores dictaduras, siempre la gente de esta media isla ha mantenido la convicción que los buenos espíritus, los santos y Dios mismo estaban con ellos. Siempre ha puesto su vida, su lucha y su destino debajo de las alas de ese buen Dios. Hoy más que nunca, pueblo haitiano, pon tu espíritu enterito debajo de las alas de ese Dios. No pierdas la confianza en él. El tiene su plan y este proyecto no puede ser otro que Vida en abundancia. “Queda terminado.” (Juan 19, 30) En el Evangelio de Juan, Jesús es el nuevo Adam quien por el don de su vida, completa la obra creadora de su Padre insuflando en el universo el Espíritu de Amor. La última palabra de Jesús en la Cruz es aquí un grito de esperanza: ¡Un nuevo mundo empieza! El viejo Haití terminó. Un nuevo pueblo está naciendo. Más aun, una nueva Isla está surgiendo. Y Dios mismo está sembrando la semilla de este nuevo mundo. Está sembrando por medio de todos esos haitianos y haitianas quienes olvidándose de su propia situación pasan su tiempo en ayudar y consolar a sus compatriotas. Está sembrando de manera muy especial por medio de esos miles y miles de dominicanos y dominicanas quienes después de haber enterrado las tensiones del pasado, recorren las calles de Haití para transformarse en hermanos y hermanas de las víctimas. Está sembrando por medio de todos esos hombres y mujeres del mundo entero que ofrecen su solidaridad. ¡Sí! Un nuevo Haití, una nueva Isla está mostrando su nariz: en esta nueva sociedad ya no habrá más lágrimas, todos serán realmente hermanos y hermanas y la profecía de Isaías se hará realidad: “Festejen a Haití, gocen con ella, todos los que la aman, Alégrense de su alegría los que por ella llevaron luto; Mamarán de sus pechos y se saciarán de sus consuelos, Y apurarán las delicias de sus ubres abundantes. Porque así dice el Señor. Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz; Como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas Y entre las rodillas las acariciarán; Como a un niño a quien su madre consuela, Así les consolaré. Al verlo se alegrará su corazón Y sus huesos florecerán como un prado.” (Isaías 66, 10-14) |
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